domingo, 12 de abril de 2015

El ritual de contextualizar



Ella tenía que pararse en seco y respirar profundo cada vez que lo sentía cerca.  Él la estremecía.

Para ella esta sensación de vulnerabilidad era inédita, nunca antes la había experimentado. Quizás lo que más la descolocaba era saber que él no tenía nada que hacer en lo absoluto para lograr dejarla en el aire -pero no como quien salta o vuela con gracia- más bien como quien se queda -tras una breve ilusión de seguridad- sin piso, cayendo al vacío, de repente. 

Ella no sabía si era adicta a él o a esa vulnerabilidad que él le producía sin esfuerzo alguno.

Ella nunca pudo descifrarlo, y él no tuvo la gentileza de ayudarla en esta tarea.

En definitiva, lo único que habría que agregar es que ella, para quitarse este espanto de encima, le dio por contextualizarlo. Jugaba a mirarlo desde otra perspectiva, cosa que -por ejemplo- un pájaro en vuelo rasante se comiera su cabeza para poder cerrar, definitivamente, este capítulo. 

domingo, 5 de abril de 2015

En tu cuerpo


Las gitanas pasan con sus faldas vaporosas, ofrecen leerte las manos. Dicen que, en esas líneas, está escrito tu destino.

El destino está en mis manos pero yo no puedo leerlo, necesito de una mujer de faldas vaporosas que me diga aquello de lo que soy portadora , aquello que tengo a la mano y no puedo ver.

Puedo ver en tus manos que hay un hombre que te piensa. “Necesito un poco de energía para decir más”.

Entonces, le entregas un billete fingiendo que es un juego.  Eres de las que dice, “uno nunca sabe”, permitiendo que una duda quede flotando en el aire.

La gitana me arrebata el billete, lo escupe, mastica algunas palabras indescifrables. Mete el dinero en el bolsillo de un delantal que cubre su falda. Refugia su pecho con un chal, simula que siente frío, como si una brisa fresca la conmoviera al mirarme.

Con este gesto me retiro, dejándote muda. Observándote. Nuevamente te has descubierto pagando por aquello que llevas contigo.