Las
gitanas pasan con sus faldas vaporosas, ofrecen leerte las manos. Dicen que, en
esas líneas, está escrito tu destino.
El
destino está en mis manos pero yo no puedo leerlo, necesito de una mujer de
faldas vaporosas que me diga aquello de lo que soy portadora , aquello que
tengo a la mano y no puedo ver.
Puedo
ver en tus manos que hay un hombre que te piensa. “Necesito un poco de energía
para decir más”.
Entonces,
le entregas un billete fingiendo que es un juego. Eres de las que dice, “uno
nunca sabe”, permitiendo que una duda quede flotando en el aire.
La
gitana me arrebata el billete, lo escupe, mastica algunas palabras
indescifrables. Mete el dinero en el bolsillo de un delantal que cubre su
falda. Refugia su pecho con un chal, simula que siente frío, como
si una brisa fresca la conmoviera al mirarme.
Con
este gesto me retiro, dejándote muda. Observándote. Nuevamente te has
descubierto pagando por aquello que llevas contigo.

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