Ella
decidió partir. Dejó atrás ese paisaje familiar de domingo, al que corría con
ansias y el que pronto se hizo espeso, como en otras ocasiones.
Algún
comentario relacionado con el éxito de otros que subrayó su vacío, la hizo
tomar la decisión de pararse y dejar la mesa. “Estoy satisfecha”, susurró, a
sabiendas de que era una manera elegante de decir: “Estoy harta”.
Besó a las
tías y a las abuelas en la frente, un gesto que reconocía en ellas el mismo
dolor que eran capaces de proveerle. Así, con la excusa de un plan que nunca
existió, partió, dándoles la espalda.

Alguien que la amaba, quizá, pensó en aquella frase que escuchó en una película que no recordaba: No me gusta que te vayas, pero me encanta verte yendo.
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