Toda
su mañana se ocupó con un trámite. En casa quedaron los gatos, la cama
deshecha. Sudados y cebados de tanta caricia insegura, entregó los papeles al
funcionario. (Dentro de su cartera era
lo único que llevaba, eso y algunas monedas contadas para ir y venir).
“Necesito
todo esto notariado”, dijo el funcionario con
la voz preñada de dudas. Ella regresó atenta a la procesión que llevaba
por dentro.

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